El abordaje del sueño en la temprana edad difiere del abordaje en adultos. Si bien son numerosos los estudios sobre el sueño infantil, estamos frente a un objeto de estudio que aun nos falta conocer, en general, el sueño como proceso psíquico en sí y su vinculación con lo inconsciente, tan importante para la psicología.
En el caso del sueño infantil, no siempre es fácil separar lo "normal" de lo "patológico", sobre todo en lo referido a patrones y hábitos, por ello, es pertinente separar el presente post en dos entradas (7.a "patrones y hábitos del sueño en la niñez" y 7.b "trastornos del sueño en niños")
Dentro del abordaje de los patrones de sueño en la temprana edad se tendrán en cuenta diferentes etapas del desarrollo y eventos psicológicos y del contexto del infante que pueden provocar variaciones en la respuesta fisiológica esperada.
* A destacar: "La valoración del sueño debe estar comprendida de forma constante en el seguimiento pediátrico habitual, diferenciando problemas del sueño de trastornos del sueño."
El sueño se presenta como la intersección de diferentes áreas del tronco encéfalo, diencéfalo y corteza cerebral en el proceso evolutivo que tiene inicio en su forma prenatal y es gobernado por factores madurativos, constitucionales y genéticos.
En el recién nacido, a diferencia del sueño adulto, en el que se distinguen dos etapas bien diferenciadas (Sueño REM y NREM), vamos a hablar de: Sueño Activo (movimientos oculares con ojos cerrados, movimientos faciales; sonrisas, muecas) y Sueño Tranquilo (conducta tranquila, sin movimientos corporales y respiración regular).
CARACTERÍSTICAS DEL SUEÑO EN LA INFANCIA
Si bien la arquitectura del sueño se va modificando con la edad hasta estructurarse como mencionábamos antes en adultos, durante la infancia, el sueño REM sufre una notoria disminución, sin embargo, la cantidad de sueño NREM permaneces constante a lo largo de la vida, disminuyendo de 8 a 5 horas.
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El recién nacido duerme una media de 16 - 17hs al día, pero se han registrado casos en los que algunos bebés necesitan dormir hasta 20hs diarias, mientras que otros con 14hs se encuentran bien, siendo el sueño paradójico el estadio de sueño más precoz ontogenéticamente, ocupando un lugar mas elevado en niños que en adultos. Los ciclos de sueño y despertar se establecen alrededor de 45min.
En el recién nacido todavía no está establecido el ritmo circadiano, siendo el bebé indiferente frente a variaciones lumínicas.
Al tercer mes la cantidad de sueño declina un poco pero los ciclos son mayores. A los 3 meses, un 70% de los bebés duermen toda la noche (9hs aprox.), concibiendo cerca de los 4 meses el ritmo circadiano. A los 6 meses, el 85% de los bebés duermen toda la noche y al año la gran mayoría ya tiene un patrón establecido de sueño y despertar, omitiendo prácticamente despertares nocturnos y menos actividad onírica por la mañana y tarde.
A los 6 - 8 meses, y así durante el primer año de vida, el infante se ve influenciado por cambios externos que se vinculan directamente con los patrones de sueño: cambio en condiciones externas, presencia de sintomatología ansiosa o depresiva en la madre, alteración en el ritual de acostarse, pueden devenir en despertares nocturnos. Por tanto podemos decir que en el primer año de vida, el sueño en la infancia tiene una estrecha vinculación con la seguridad que se le proporcione en las necesidades básicas (alimento, aseo, etc.) y afectivos (calor, olor materno, movimiento de balanceo, etc.). Es importante que el niño pueda percibir a su entorno como un medio armonioso, ya que como se ha mencionado, la extrema sensibilidad de los bebés esta relacionada a los estados emocionales de sus padres.
Aproximadamente a los 18 meses de edad el niño muestra signos de actividad onírica en forma de soñar. En el segundo y tercer año, los despertares nocturnos se hace más presentes, con un porcentaje de un tercio de niños que despiertan al menos una o dos veces por semana en la noche a la edad de 18 a 36 meses de vida. Es importante destacar que en esta etapa, la calidad del sueño del durmiente está en estrecha sintonía a los métodos usados por los padres en la búsqueda de conciliación y mantenimiento del sueño. A destacar, varios estudios afirman que los despertares nocturnos son más probables en niños con características temperamentales adversas.
En torno a los 3 y 4 años por lo general se presenta un período de difícil relación con el sueño, ya que el infante comienza una nueva etapa de relacionamiento con sus progenitores (Edipo).
A los 4 - 5 años puede reducirse las horas de siestas, ya que el descanso, en principio estructurado por las noches, suele ser suficiente. La negación a acostarse y los despertares nocturnos siguen siendo características de esta etapa.
A los 6 años, con la llegada de la escolarización se suele normalizar el sueño, pero comienza una mayor actividad de sueños y pesadillas vinculadas al estrés de las nuevas rutinas. Al respecto, estamos frente a pesadillas que si bien son un entorpecimiento para el descanso, son necesarias para la psique y no son de índole patológico, por ello vale hacer un recorrido por la diferencia en las temáticas con las que aparece el miedo en niños.
Entre los 2 - 5 años los principales temores se dan por: la oscuridad, seres imaginarios, animales y distanciamiento parental. Luego de los 5 años, junto con la mayor actividad motriz puede surgir miedo a lesiones físicas. En la segunda infancia (6 - 9 años), además de los miedos a lesiones corporales, aparecen el miedo al fracaso y el miedo a hacer el ridículo, quedando atrás miedos más irracionales como en etapas anteriores.
Con la llegada de la pubertad - adolescencia, es importante que el joven tenga su espacio propio y pueda satisfacer sus necesidades de intimidad y elaborar límites intergeneracionales. Los miedos se ven en forma de temores (miedos sociales).
Debe permitirse al adolescente elaborar el miedo a la cercanía y dependencia hacia sus progenitores o cuidadores en pos de que pueda elaborar un camino sano de individuación y separación.
A destacar, es importante que los padres o cuidadores asuman una actitud de responsabilidad en cuanto a la influencia del propio estado emocional en la calidad del sueño en la niñez, sobre todo en edades primeras. Deben aprender a tranquilizarse y relajarse antes de llevar a un niño a los brazos a la hora de tratar de dormirlo, siendo esta acción en muchos casos suficiente para lograr que el infante recupere el sueño. Otra conducta sabia, sobre todo en el primer mes del infante, es darle espacio en ocasiones al conciliar el sueño. Si bien es cierto que en la mayoría de los casos a dicha edad los niños duermen en brazos, permitirles que logren conciliar el sueño en su cuna o coche, es parte del proceso adaptativo que el permitirá dormir tranquilamente cuando la separación paternal sea más marcada (cerca de los seis meses).
Es frecuente ver luego del sexto mes a niños que duermen con sus padres o comparten dormitorio, siendo estas acciones el reflejo de las propias ansiedades de los cuidadores. Especialmente cuando el niño es algo mayor, la presencia en la habitación conyugal puede estar relacionada a la intimidad misma de los conyugues y en ocasiones, notamos a un "hijo-consuelo", por ejemplo cuando una parte de la pareja viaja y el hijo se convierte en una sustitución emocional ante la separación. Por dichas razones, y sobre todo priorizando la salud de los niños al dormir, es que se recomienda la distinción bien marcada de espacios útiles para descansar.
